sábado, 21 de agosto de 2010

Una Bala


Preciosas gotas de lluvia caían sobre mi cara mientras la frialdad del viento chocaba contra mi cuerpo, provocando una extraña sensación de satisfacción, congelándome lentamente y dándome esa extraña sensación de felicidad… No era una experiencia común, pero era justo lo que necesitaba para animarme a morir.
Las bombas enemigas hirieron parcialmente mis ojos. Sentí como aquellas dolorosas lágrimas de sangre acariciaban mis mejillas con la suavidad propia de un agasajo, y mientras intentaba ignorar con soberbia la gravedad de mis heridas, me percataba con vergüenza del denigrante estado al que había llegado mi mente. Mi cuerpo estaba dejando de funcionar... ¡Mi cuerpo ya no estaba funcionando!
Continué, sin saber que pronto experimentaría la humillación de ser derribado. En su momento aprecié como mi alma, derramada sobre la hostilidad de las tierras por las que luchaba, se esforzaba por levantar mi cuerpo y reincorporarlo a la lucha, pero mis venas no tenían ya suficiente sangre como para concebir un solo movimiento. Desconocía la nueva ubicación de mi fiel brazo derecho. Percibía el temblor de mis piernas sin siquiera sentirlas. La gran cantidad de mi sangre manchando mis ropas había dejado mucho tiempo atrás la poca esperanza que tenía de sobrevivir a esta guerra, pero al ver olvidada la posibilidad de cumplir mis ideales, en mi mente solo aumentaba el odio que sentía por el otro bando en esta guerra.
Con la poca visibilidad que me quedaba, miré como mis compañeros caían frente a la lluvia de balas. Sangraban, gemían, gritaban y morían. La sangre derramada y la intensidad de la lluvia provocaban la formación de un río funesto, pero más que el horror y la derrota, era la tragedia lo que formaba un violento océano de tristeza y desolación lo suficientemente grande como para cubrir la luna y apagar el sol.
Entonces, dejé de ver. Por un simple y corto segundo, todo lo que sentía era la lluvia que mojaba mi rostro, aquella misma que enfriaba mi arma y limpiaba las heridas de mis compatriotas. Aquella lluvia que, apagando paulatinamente el fuego de las bombas, mojaba también los escombros de lo que una vez fue una hermosa ciudad… ya no me quedaba nada en este mundo, ni ideales ni motivos, solo aquel fuerte deseo de abandonar este mundo y acompañar a la lluvia en su camino.
Mis enemigos, armados de sadismo y totalmente descorazonados, se acercaron a mi cuerpo moribundo al verme balbucear algunas palabras, la única plegaria que conocía. Se burlaron de mí, me escupieron y me golpearon en un descarado acto de cobardía, demostrando que no tenían honor ni respeto por nosotros… no pude soportarlo más. La lluvia, hermoso fenómeno natural que me concedió la tan preciada enseñanza de ver la hermosura de la naturaleza.
Una bala, solo eso pedía. Una sola bala era suficiente para terminar con mi dolor, para que yo pudiese acompañar a mis compañeros, familiares y amigos en el descanso eterno. Un solo tiro de gracia, por piedad, para dejarme disfrutar finalmente, después de tantos años de lucha, de la paz que yo tanto anhelaba. Un solo tiro, un solo tiro…
Aquel asqueroso hombre acercó su rifle a mi cabeza. Ahora, solo quedaba esperar...

Por Edward.K.Sognatore 
Próxima publicación: 21 de Agosto de 2010

3 comentarios:

  1. A pesar de que el loquendo con la voz de Jorge me esta leyendo tus textos, estos no pierden profundidad ^^, este segundo cuento me ha hecho imaginar una escena de película.

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